¿Te has parado a pensar cuántas horas pasas al día deslizando el dedo hacia arriba? Sí, en esa appcita que todos conocemos, la de las fotos cuadradas que ahora es más un mercadillo visual que otra cosa. Mientras tú haces scroll como si buscaras el sentido de la vida, otros, ahí mismo, están facturando. Y no poco. Que no hablamos de churros y café. Hablamos de billetacos.
Lo que enseñas y lo que vales (spoiler: no es lo mismo)
Uno de los grandes líos que tiene la peña con esto de las redes sociales es que creen que se trata de gustar. ¡Error de novato! Aquí no va de contar calorías, viajes ni enseñar pierna. Va de visibilidad. De enseñar lo justo para que quieran más. Y de estar presente en la mente de quien tiene tarjeta de crédito, ganas y un problema que tú puedes resolver.
Vamos a ver, esa vecina que empezó subiendo recetas y ahora te vende cursos para dejar de comer como un gremlin no es famosa por su buena luz de cocina. Es lista. Ha pillado cómo moverse. Ha entendido que Instagram no es una red social, es un escaparate sin toldo. Y cuando tú estás ahí dudando si subir o no la foto con filtro, ella ya está mandando presupuestos por mensajes directos.
No necesitas miles de seguidores, necesitas intención
El error más gordo: pensar que más es mejor. A ver, claro que tener una comunidad nutrida ayuda, pero… ¿de qué sirve tener 10.000 fantasmas que ni engagement ni leches si no hay conversión? Aquí lo que hace la magia es tener seguidores con ganas de comprar, no con ganas de cotillear.
¿Y cómo se consigue eso? Pues entendiendo que Instagram (sí, la misma de las stories con orejitas de perro) es una herramienta de negocio. Se trata de contar lo que haces, cómo lo haces y por qué deberían elegirte a ti y no a tu primo, que también toca la guitarra pero desafina como una cacerola vieja.
¿Tienes una panadería en el barrio? ¿Haces uñas? ¿Eres diseñador? ¿Vendes casas? Perfecto. Pues úsala. No como un álbum de egotrip, sino como un canal de captación. Porque hoy, si no estás en esa app, estás en el limbo profesional. Y el limbo no vende, por cierto.
El vídeo que necesitas ver para despertar del scroll eterno
Te dejo aquí uno de esos reels que hacen que te caiga la tostada del susto, porque igual te hace clic algo dentro de esa cabecita inquieta que tienes:
No digas que no te avisé.
O te pones hoy, o te pones cuando ya todos hayan llegado antes
Mira, nadie va a venir a sacarte del bucle de «esto no es para mí». Es para ti, sí. Lo que pasa es que da miedito. Y nos da pereza. Pero si sabes que lo que haces vale, si crees que tu producto o servicio puede mejorar vidas, lo mínimo que puedes hacer es darle exposición. La buena. La que convierte seguidores en clientes y los «me gusta» en euros.
Y si esto te suena a chino mandarín o a jerga de gurú de la nada, te lo resumo fácil: crea contenido que hable a tu cliente, ofrece lo que sabes hacer con naturalidad y profesionalidad, y comunica cada puñetero día como si te fuera la vida en ello, porque igual no te va, pero tu negocio sí.
¿Eres de los que tiene negocio local? Entonces no pierdas más tiempo viendo cómo otros triunfan. Coge el móvil, apóyate en los que saben de esto, y empieza a usar la red más potente del momento para que los de tu zona te conozcan. Si necesitas una mano para empezar o alguien que te monte todo esto como Dios manda, yo soy de los buenos. Y sí, estoy aquí, al lado.
Haz scroll… pero para escribirnos. El resto, postureo.
