Tu madre en sandalias tiene más estrategia que algunos negocios

Vamos al grano, que ya está bien de rodeos. Estás perdiendo un tiempo valiosísimo en redes sociales con cero estrategia y menos visión que un topo con migraña. Y todo porque crees que subir una foto de tu café con leche en el coworking es hacer marketing. No estás conquistando Roma, colega, estás dando vueltas en círculos con un palo de selfie.

Deja de mendigar ‘likes’ y empieza a vender de verdad

Hay una obsesión incomprensible por parecer guay en Instagram. Que si el fondo nórdico, que si los colores pastel, que si los pies en la arena con el típico «modo avión activado». Mira, lo que tienes activado es el modo invisible para tus clientes. Y no les culpo. Porque entre tanto filtro y frase zen, no saben ni a qué te dedicas.

Si quieres que Instagram funcione como una herramienta de ventas —y no como tu álbum vacacional— necesitas claridad. Mensajes directos, que hablen de lo que solucionas, no de lo ‘cuqui’ que es tu mascota. A nadie le importa. Lo que interesa es si puedes arreglarles la vida, ahorrarles tiempo o hacerles ganar pasta.

Y sí, se puede hacer todo eso sin parecer un vendedor de crecepelo. Pero hace falta un poco de chispa. De enfoque. Y sobre todo, de verdad.

Cuentas que venden sin sonar a teletienda (o no venden, pero entretienen)

Porque claro, ahora hay quien se pone creativo. Y en vez de vender, se cree influencer. Tu cuenta de Instagram no es Netflix, es tu escaparate. Si hablas de todo menos de lo que ofreces o no das ni una miserable pista sobre cómo contratarte, ese escaparate es más inútil que una estufa en agosto.

¿Y los vídeos? Esos vídeos huecos, con música de moda y frases motivadoras como «Tú puedes, luchador»… Vamos a ver. ¿Quién te ha dicho que el camino al éxito es una playlist de Coldplay con planos a cámara lenta?

La gente no quiere leer tu diario emocional. Quiere soluciones. Quiere saber si lo que tú haces les sirve para algo. Y sobre todo, qué hay que hacer para probarlo.

Compruébalo tú mismo en este vídeo que desarma excusas. Dale al play, que no muerde:

¿Lo ves? Más claridad, menos postureo. Si no tienes tiempo para andarte con tonterías, tu cliente tampoco. Di lo que haces, cómo lo haces y por qué rayos deberían elegirte a ti y no al siguiente que aparece con un dron y una sonrisa Colgate.

Atrévete a sonar a ti mismo (y deja de copiar al de al lado)

Hay otra epidemia mortal en Instagram: la de las cuentas que hablan como robots con emociones. Copia pegada de copia pegada. Todas diciendo lo mismo con distintas flores. Eso, sinceramente, aburre más que una reunión por Zoom a las ocho de la mañana.

Si quieres destacar, ponle cara, historia y mala leche al contenido. Llámame loco, pero a lo mejor a alguien le interesa leer algo auténtico por una vez. de esos textos que uno piensa: «Mira qué tío más bestia, pero tiene razón».

Y si no sabes cómo decir las cosas con gracia pero con intención, échale un vistazo a las directrices de la red de la camarita, donde al menos te explican cómo no cargarte una publicación solo por querer sonar a universitario recién salido de un máster de marca personal.

Se puede vender sin ser plasta. Se puede vender sin disfrazar tu publicación de poema de Paulo Coelho. Se puede vender sin hacer un circo si tienes claro que lo que haces sirve para algo, y lo dices de una forma que haga que la gente despierte.

¿Y sabes qué es lo más absurdo de todo? Que muchos todavía no entienden que perder el miedo a molestar es el primer paso para empezar a facturar.

¿Te suena esto? ¿Te gustaría que tu negocio deje de estar en coma en Instagram?

Pues si estás por aquí, cerca, en los alrededores, o incluso de vecindario virtual, escríbeme. Doy consultas personalizadas para negocios locales que quieren dejar de parecer influencers y empezar a facturar como profesionales. Sin flautas, sin filtros y sin florituras.

Y si tienes una empresa o eres autónomo y sientes que estás haciendo el ridículo cada vez que subes algo, aquí tienes la página oficial con recursos desde Instagram que puede servirte para empezar a poner orden.

Yo te pongo las palabras. Tú, las ganas de dejarte de cuentos.

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