Mira… puedes seguir fingiendo que no pasa nada. Decir que tú esas cosas no las ves. Qué va… que tú eres más de leer el periódico mientras desayunas y que todo eso de los vídeos no te toca. Pero en el fondo lo sabes. Sabes perfectamente que algo te llama la atención cuando ves a ese chaval bailando en calzoncillos mientras sostiene una sandía. Es como ese accidente que no quieres mirar, pero miras. Porque hay algo hipnótico e irresistible en lo absurdo.
Y sí, te hablo de eso que has visto en el móvil de tu sobrina. De eso que quizá tú mismo has bajado «por curiosidad»… Poco sabes tú que ese tobogán con vídeos rápidos y delirantes tiene más fuerza de atracción que unas rebajas en enero. Ahí lo llevas: el universo insólito donde lo inesperado gana siempre.
El algoritmo que te mira como si te conociera de toda la vida
¿Te das cuenta de lo rápido que se pasa el tiempo cuando entras en la aplicación esa del icono negro con notas musicales? No hace falta decir nombres… tú sabes cuál digo. Es poner un pie ahí y adiós al café, a la reunión por Zoom y a esa llamada que ibas a hacer. Te empieza a mostrar cosas y tú tragas, tragas sin darte cuenta, como si el mismísimo diablo hiciera scroll por ti.
No es magia. Es un algoritmo afinado como un violín. Aprende de ti más rápido que tu madre. Y si te pilla un día malo, allá que vas: vídeos de gatos tocando el piano, señoras explicando recetas con nombres impronunciables, o tipos haciendo malabares con botellas de lejía. ¿Aporta algo profundo? No. ¿Te mantiene enganchado? Al 300%.
Lo que la gente no entiende es que no hace falta que tenga sentido para que funcione. Precisamente por eso funciona. Porque tu cerebro, que está harto de PowerPoints, informes y reuniones, agradece esa locura de 15 segundos en la que todo vale. Eso, amigo, es poder puro. Y ahí radica el secreto. Por eso, cuando te preguntas «¿cómo puede ser que este vídeo lo hayan visto 3 millones de personas?»… resulta que tú ya lo has visto 4 veces.
Una nueva televisión que cabe en tu bolsillo
Antes tenías que esperar al viernes por la noche para reírte. Ahora, sacas el teléfono en el ascensor y ¡pum!, un chaval disfrazado de dinosaurio bailando reggaetón mientras friega el suelo. La televisión de toda la vida ha muerto y no ha dejado nota de despedida. Aquí ya no importa el prime time, ahora lo que importa es el scroll time.
Y lo mejor —o peor, según se mire— es que cualquiera puede ser el protagonista del día. Tú, tu cuñado, tu peluquero. Da igual. Te grabas haciendo cualquier cosa más o menos graciosa, lo subes… y si tocas la tecla adecuada, ese vídeo puede llegar más lejos que una campaña electoral. No importa la calidad, ni que tengas un decorado estupendo. Aquí gana el que se lanza antes, el que se ríe de sí mismo, el que no busca hacer arte… sino que te sueltes una carcajada entre dos tostadas.
Y por si no me crees, échale un vistazo sin salir de aquí al vídeo que ha puesto patas arriba el patio digital:
Y ahora dime tú: ¿vas a quedarte fuera de esto?
No te pido que te pongas a bailar. Ni que empieces a grabarte haciendo malabares con gatos. Pero sí te digo algo claro: si tienes un negocio, un producto, una marca o incluso una idea, este sitio donde la gente se ríe, baila y hace el idiota puede ser justo donde deberías estar. No para hacer el tonto… sino para colarte entre esas carcajadas y decir «¡hola! aquí estoy yo».
Porque sí, la gente entra a distraerse, pero también se quedan con lo que les impacta. Y si tú consigues eso, estás dentro. Y una vez dentro… ya no hay quien te pare.
¿Quieres ideas para usar esto en tu negocio sin perder dignidad por el camino? Háblame. Es más, si estás por aquí cerca nos tomamos un café (el tuyo con leche, el mío solo, gracias) y te explico cómo puedes dejar de mirar desde fuera y empezar a jugar desde dentro.
Esto no va de hacer el payaso. Va de saber dónde están mirando los ojos de tus clientes cuando no quieren que nadie les moleste. Y justo ahí… meter la cabeza.
