¿Te has parado a pensar en la cantidad de gente que mira antes de mostrarse? Cuidado, no hablamos de inseguridad… hablamos de pavor. De ese vértigo absurdo que da enseñar lo que uno hace, cómo lo hace y, sobre todo, por qué narices lo hace. Porque exponerse, así en crudo, da miedo —y más si hablamos de ese escaparate con luces de neón que es Instagram.
La jungla de las miradas y los likes que no valen para nada
Entrar en esta red social es como pasearse en pantalón corto por un bosque lleno de zarzas. Sales con arañazos en el ego, te comparas con el vecino del quinto que ahora es influencer fitness, y entre postureo y reels aspiracionales, olvidas por completo para qué estabas ahí realmente. Y eso es justo donde empieza el problema.
¿Vender? ¿Conectar? ¿Contar algo desde las tripas? Hay gente que le da a grabar y lo único que sale es humo. Suben una historia abrazando su taza de café con las dos manos (esa moda absurda de parecer acogedor por contacto con cerámica caliente) y hala, a esperar un milagro. Pero el milagro aquí se construye con contenido que enganche, que cale, que desnude sin filtros. Y de eso hay poco. Por eso cuando aparece alguien que se atreve, lo notas. Lo ves. No puedes apartar los ojos.
No necesitas seguidores, necesitas colmillos
Hay un cuento mal contado por ahí que dice que para petarlo en redes tienes que tener miles de seguidores. Tonterías. Lo que necesitas es colmillo. Ganas. Saber rascar donde duele. Preparar tus publicaciones como quien afila un cuchillo para cortar jamón: con paciencia, tensión y conocimiento del corte. Así que olvídate de mendigar likes como si fueran caramelos en una cabalgata. Tu trabajo es que el que te vea diga: «Ostras, esto va en serio».
Porque no se trata de estar por estar. Se trata de que si te vas a meter en el fango, lo hagas con propósito. Qué haces, para quién lo haces y cómo lo cuentas sin parecer un robot de plástico con eslóganes pegados en la frente. Hablar claro, escribir para una sola persona, moverte con coherencia aunque no tengas un logo dorado bajado del cielo.
¿Quieres prueba audiovisual de lo que te estoy diciendo? No te preocupes, aquí lo tienes. Mira esto y dime si no sientes algo diferente:
Y mientras lo ves, recuerda esto: las redes sociales no son para ser uno más. O dices algo de verdad o mejor quédate en el bar, que al menos ahí te ponen un pincho.
La estrategia es sencilla: deja de parecer y empieza a ser
Aprender a utilizar este tipo de plataformas no va de leer mil artículos con fórmulas mágicas —aunque cosas como el centro de ayuda oficial puede aclararte lo básico—. Va de entender el medio y aplicarlo a tu mensaje, no al revés. La trampa está en creerte que tienes que adaptarte tú cuando quizás lo que hace falta es que la gente se adapte a ti. Y eso sólo pasa cuando comunicas sin vergüenza.
Una publicación vale más que mil selfies si de verdad hay alguien detrás que se moja. ¿Mostrar lo que sabes hacer? Perfecto. ¿Compartir lo que has aprendido a hostias? Mejor aún. Porque humanizar un perfil es lo que fideliza. Y la fidelidad en redes… es oro líquido.
Así que fuera plantillas, fuera frases copiadas de otros. Que se note que el que está al mando no es un bot con aspiraciones de community manager. Que quien habla detrás de la pantalla tiene algo potente que decir, aunque sea en zapatillas desde la cocina.
¿Eres de los míos o prefieres el modo fantasma?
Si tienes un negocio, si eres autónomo, si ofreces algo tan bueno que merece la pena mostrarlo… no lo escondas. Pero tampoco lo hagas por hacer. Hazlo bien. Con garra. Con alma. Que se note que te va la vida en ello, porque en muchos casos, así es.
Y si a estas alturas te estás preguntando cómo aplicar esto sin caer en el ridículo o acabar hablando solo, entonces quizá va siendo hora de pedir ayuda. Yo trabajo textos que se clavan, perfiles que no pasan desapercibidos y estrategias que venden sin sonar a vendedor.
Si estás en España y quieres que tu Instagram deje de parecer un expositor de souvenirs vacíos, háblame. No hago cosas bonitas. Hago cosas que funcionan.
Échale un vistazo tú mismo a lo que puedes lograr si se hace bien.
