Nos pasamos el día enseñando nuestras vidas como quien muestra el escaparate de una tienda que no piensa abrir. Pero cuidado, que lo que hay tras el cristal se juzga, se comparte y, a veces, incluso se envidia. No estoy hablando del postureo, que ya cansa. Hablo de lo que realmente estás proyectando en redes sin darte cuenta.
¿Qué estás contando sin decir ni una palabra?
Una cosa es saber usar las redes y otra acabar siendo usado por ellas sin enterarte. En Instagram, cada imagen, cada story y cada bendito directo está contando algo de ti. Y puede que no sea lo que tú quieres.
Publicas una foto entrenando a las seis de la mañana, perfecto. Pero si el resto del día estás más apagado que la batería del móvil en viernes noche, igual va tocando revisar prioridades. Las redes pueden posicionarte como un referente o convertirte en el típico «vendehumos» que da charlas motivacionales desde un sofá manchado de café.
Las redes no perdonan incoherencias, y la gente tampoco. Si estás usando Instagram para tu negocio, tu marca personal, o simplemente para enseñarle al vecino lo bien que haces las tostadas, más te vale que cada publicación tenga su propósito. No digo que tengas que ser perfecto, digo que tienes que ser auténtico, y eso es más raro que un lunes sin correo basura.
El algoritmo no tiene corazón, pero sí dientes
Y muerde. Cada vez que publicas algo que no engancha, que no genera interacción, que no despierta ni un bostezo, estás perdiendo terreno. No te asustes, pero tampoco te tumbes a esperar magia. Aquí no hay secretos, hay estrategia.
Si quieres que te vean, primero tienes que entender cómo funciona ese monstruo de datos llamado algoritmo. Juega con él, dale lo que quiere: consistencia, contenido relevante y una buena dosis de humanidad. Porque sí, puedes usar las herramientas que Instagram ofrece para analizar estadísticas, horarios y el tipo de contenido que más engancha, pero también puedes mirar a tu audiencia a los ojos (virtuales) y preguntarte: «¿Esto les interesa o solo me interesa a mí?»
Escucha antes de hablar, y pregunta antes de vender. Esa es la diferencia entre conseguir seguidores y convertir seguidores en clientes.
No uses Instagram como si fuera un tablón de anuncios
Porque no lo es. Es una conversación. Y uno no conversa gritando lo maravilloso que es todo el tiempo. Aquí no triunfa quien más habla, sino quien mejor conecta. Las publicaciones que funcionan no siempre son las más bonitas, sino las más honestas. Las que tocan, las que pinchan, las que despiertan algo.
¿Y sabes qué despierta? Lo real. Lo que cuenta una historia. Lo que tiene intención. Esto no va de poner filtros bonitos (que oye, tampoco vienen mal) sino de tener algo que decir y decirlo como si te fuera la vida en ello. Porque a veces, te va el negocio en ello.
Y hablando de historias que cuentan algo, échale un vistazo al siguiente vídeo. No tienes que irte, lo tienes aquí mismo:
¿Ves? Así se hace. Sin rodeos, con intención. y con una dosis de naturalidad que ya la quisieran muchos anuncios de perfume.
Y si piensas que esto de manejar redes sociales es solo para marcas grandes o para chavales con tiempo libre y ganas de enseñar abdominales, te estás perdiendo un tren. Uno muy potente. Y tú puedes llevar el volante si sabes cómo. Mira lo que hace gente que entendió el juego de verdad en la plataforma de negocios de Instagram.
Si eres del barrio, mejor que mejor
Escucha, si tienes un negocio local o ofreces un servicio en tu ciudad, deja de mirar Instagram como si fuera cosa de influencers con vidas imposibles. Úsalo para mostrar tu trabajo, tu oficio, tu día a día y hazlo con naturalidad. Porque en eso nadie puede superarte: tú sabes lo que haces, y ahora toca que lo sepan los demás.
No hace falta ser perfecto. Hace falta gustar. Conectar. Resistir. Comunicar. Y de eso sabes más que el algoritmo. Solo tienes que recordarlo.
Si después de leer esto te ha picado el gusanillo y quieres darle una vuelta a tu presencia en redes, escríbeme. Estoy cerquita, nos tomamos un café (con o sin foto) y vemos cómo podemos hacer que lo que haces hable por ti.
Tú pones la historia, yo te ayudo a contarla.
