¿Has notado cómo todos los días alguien parece tener una vida más interesante que la tuya? Tranquilo, no eres tú. Es esa cosa con filtros, corazones, fueguitos y postureo que nos tiene a todos un poco atrapados. Ya sabes de lo que te hablo, ese sitio donde nadie trabaja, todos viajan, y cada desayuno tiene aguacate y taza hipster. Sí. Ese. Y aquí vamos a desmenuzarlo como si fuera una tostada en domingo.
El gran escaparate moderno
Antes, si querías enseñar las fotos de tus vacaciones, sacabas el carrete, lo llevabas a revelar (a veces salía todo negro) y luego montabas una cena para poner el álbum encima de la mesa. Ahora, lo colgamos todo al instante con un solo dedo desde la tumbona. Lo malo es que parece que si no lo enseñas, no has vivido. Y eso amigo, amiga, es un problema.
¿Que te tomas un café solo? No puede ser. Acompáñalo con una frase inspiradora, un contraluz y una música chill. Porque lo importante ya no es el café, es la foto que saques de él. Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero aquí importa más que mil likes. Y eso tiene tela.
¿Y si no doy la talla?
La movida es que, sin querer, nos comemos como espectadores una versión hiperfiltrada de vidas ajenas y pensamos que vamos tarde. Que nuestra ropa no vale, que nos falta un viaje, un perro bonito, una frase motivadora sobre la perseverancia y un gimnasio muy molón. Pensamos que estamos perdiéndonos algo.
Y, a ver, una cosa: lo que muchos muestran es el 5% más brillante de su semana. Nadie enseña su lavadora llena, sus ojeras el martes por la mañana o la segunda carta de Hacienda. Y lo peor, es que nos olvidamos de seguir la cuenta más importante de todas: la nuestra. Porque tú sí que molas, y lo haces sin hashtags.
Cómo usar las redes sociales sin volverte majareta
Vamos a dejar algo claro: no se trata de demonizar estas plataformas. En ellas pasa de todo. Conectas con gente, encuentras ideas, descubres lugares, hasta ligas. Pero el truco está en usarlas y que no te usen. Como el vino: un par de copas a gusto, no media bodega cada noche.
Si creas contenido, hazlo con la verdad por delante. Si consumes, ten ojo y criterio. Si te comparas, recuerda que cada quien tiene un ritmo y un algoritmo. Y si te cansas, apaga el móvil y sal a la calle. Eso sí, si el menú está rico, sácale foto. Pero sin presión, ¿eh?
Aquí te dejo un vídeo muy bien tirado para que veas esto desde otro ángulo. Dale al play, que no te va a doler:
¿Te ha sonado algo? ¿Te ha picado un poco la conciencia? Bien. Eso es que estás vivo. Y que aún puedes replantearte muchas cosas. Desde cómo usas estas plataformas hasta lo que decides creer cuando te bombardean con perfección digital.
En la era de la conexión, lo más rebelde es estar presente. Escuchar con atención. No vibrar sólo porque lo dice una story. Y, sobre todo, decidir qué tipo de contenido quieres para ti. Porque al final, todo esto va de vivirlo, no de aparentarlo.
Antes de que cierren el chiringuito…
Si eres de los que quiere sacarle partido a las redes pero sin perder el norte, te aconsejo que te pases por nuestra oficina o nos eches un cable por correo. Ayudamos a profesionales y empresas locales a contar su historia con autenticidad, sin tanto escaparate y con más verdad.
Tú trae la idea. Nosotros ponemos palabras, estrategia y una mirada que conecta con las personas, no con los algoritmos. ¿Te animas o te vas a quedar viendo stories de otros?
