Dicen que una imagen vale más que mil palabras, pero en algunos sitios una imagen vale más que mil engaños. No hay escaparate más poderoso (ni más agotador) que ese donde subes una foto sonriendo mientras por dentro estás tragando quina. Y claro, en ese escaparate todos quieren brillar. Aunque sea mentira.
Vamos al grano, que aquí no estamos para pasearnos por las ramas como si fuésemos influencers esquivando preguntas incómodas. Si estás usando esa red para vender lo que haces, que no te engañen con las poses. Aquí lo que importa es conectar con personas reales, de carne y hueso, que no se creen fotos perfectas ni filtros de cuento.
No hacen falta mil seguidores, hacen falta cien de verdad
Lo ves cada día. Perfiles con seguidores como para llenar un estadio, pero luego publican algo y nadie comenta. Nadie comparte. Nadie se emociona. ¿Por qué? Porque una audiencia dormida no sirve para nada. Lo que tú necesitas es una comunidad que te escuche, que te responda y que se acuerde de ti cuando necesite justo eso que tú haces. Y para eso no necesitas postureo. Necesitas claridad, honestidad y un poco de mala leche, si hace falta.
¿Te suena eso de engagement? Pues no va de subir vídeos bailando con tu gato (aunque si le pones una corbata igual te funciona, todo sea dicho). Va de conseguir que quien te ve, se pare. Que lea. Que escuche. Que diga «epa, esta persona tiene algo que decir, y lo dice sin florituras».
El juego ha cambiado: bienvenido al contenido que corta el aire
Las reglas ya no son las de hace unos años. Ahora el algoritmo premia a los que cuentan las cosas sin pelos en la lengua. A los que no siguen plantillas de «5 trucos para que tu feed sea divino». Si vendes productos, demuestra para qué sirven. Si vendes servicios, explica por qué eres tú y no otro. Y si escribes, pues deja de sonar como un robot con alma de anuncio ochentero.
El secreto lo tienes delante: Instagram quiere que se queden contigo. Que no se vayan a otra parte. Que se traguen todo lo que subes como si estuvieran frente a una serie en bucle. Y los vídeos ayudan. Las historias ayudan. Pero lo que más ayuda es contar cosas que importan de verdad.
Menos copiar plantillas, más mostrar quién eres
Ya basta de ver perfiles clonados. Con carteles idénticos. Con frases tipo «sigue tus sueños» flotando en fondos de color pastel. ¿Quieres destacar de verdad? Di lo que piensas, aunque no guste a todo el mundo. Porque gustar a todos es la mejor receta para que no te recuerde nadie. Y eso sí que es malo para el negocio.
Usa tu historia. Incluso esa que te da vergüenza. La que no es tan bonita pero enseña lo que vales. Habla como si le escribieras a un colega que lo está pasando regular, no como si estuvieras dando una charla TED en una nube feliz. La verdad vende. El teatro aburre, sobre todo ahora que todos llevan puesta la misma máscara.
Y si no sabes por dónde empezar a hacerlo bien, aquí tienes un buen comienzo: Instagram para empresas. Que no lo sepas todo no te hace tonto. Lo que sí lo hace es no moverse.
Haz que quien te vea se quede con ganas de más. Que entienda lo que haces. Que vea lo que puedes resolverle. Porque entre tanta pose y tanto disfraz, una historia real es oro puro. Y el oro, amigo, siempre tiene quien lo quiera comprar.
¿Trabajas con clientes de aquí? Pues empieza a hablar su idioma
Si tu pan viene de tu barrio o de tu comunidad, deja de hablar como si fueras un gurú de Silicon Valley. Lo que vendes no necesita frases en inglés ni fórmulas mágicas. Necesita que te entiendan sin traducir. Que se vean reflejados en lo que haces. Y eso sólo pasa cuando tú también eres de carne y hueso. Como ellos.
Así que si estás por aquí, eres de los que pelean cada día porque su negocio funcione, y encima quieres que se note lo que haces en redes sociales, habla. Mueve el dedo. Pregunta. Que para eso estamos.
Y si quieres que te eche una mano con tu Instagram para que deje de parecer una postal y empiece a ser un imán, escríbeme. Que no vendo trucos, pero conozco los caminos.
