Cuando la mirada te vende más que el escaparate

Justo en ese instante en el que estás con el café caliente entre las manos, pillas a alguien deslizando su dedo sobre la pantalla. Lleva cinco minutos viendo lo mismo: imágenes repetidas, frases sin alma y postureo en serie. Y de repente… clic. Le engancha un vídeo. No por el producto, sino por la historia. Por cómo está contado. Por esa sensación de estar dentro. Bienvenido al universo donde la emoción vende más que el catálogo.

¿Por qué esa cuenta engancha y la tuya no?

Antes de que empieces a pensar que es culpa del algoritmo, de la hora o de tu gato que no colabora en los vídeos, te lo digo claro: hay que aprender a contar distinto. Porque si suenas a lo de todos, eres uno más. Y en esta red social, el “uno más” no vende.

Deja de mirar seguidores como si fueran billetes. Mira conexiones. Mira cómo hablan, qué les duele, qué desean. Eso se llama conocer a tu cliente. Luego vienes tú y se lo das, con una historia bien contada, con imágenes que no se olvidan y con llamadas a la acción que no suenan como las de un anuncio de teletienda.

Y no, no necesitas un estudio, ni un dron, ni haber hecho un máster en edición. Necesitas decir algo que haga clic aquí dentro. En el pecho. En la cabeza. Donde sea, pero clic.

El truco está dentro (y no es magia)

Te resumo lo que pasa cuando haces bien las cosas: dejas de perseguir a la gente y empiezan a buscarte ellos. No te hace falta poner “Sígueme y te sigo”. Te siguen porque no quieren perderse lo siguiente.

Si entiendes cómo funciona el coco de tu público, todo cambia. Si haces que tus mensajes les hablen como una caña en el bar, sin imposturas ni parafernalias, la conexión es automática. Ahí es donde Instagram se convierte en una herramienta de venta y ya no sólo en una red donde se pasa el rato viendo gente hacer abdominales imposibles.

¿Has probado alguna vez a contar lo que vendes como una pequeña historia? Hazlo hoy. No mañana, hoy. Graba un vídeo sin filtros, habla como hablas tú, cuenta lo que haces y para quién. No imaginas lo que puedes conseguir con eso.

Ojo, que esto no va de hacerte influencer

No te hablo de salir bailando todos los días ni de mostrar tu desayuno. Hablo de que tu cliente, ese que te busca por Google sin saber bien cómo te llamas, te vea en Instagram y sienta que te conoce de toda la vida. Eso, amigo mío, vende más que el mejor escaparate.

Mira ese vídeo de más arriba una vez más. Observa cómo, sin decir nada agresivo, te atrapa. Eso es lo que hay que conseguir. Poca perfección, mucha verdad.

Porque las redes sociales ya no funcionan como antes. Ahora funcionan las emociones, las historias que emocionan, los gestos que parecen pequeños y son enormes. Lo humano.

Y si te cuesta arrancar, no te agobies. Empieza por grabarte sin pensar en los likes. Empieza por contar quién eres, qué haces y sobre todo, por qué alguien debería escucharte. Cuando tienes eso claro, lo demás viene rodado.

Y lo mejor… que no necesitas quitarte ni el pijama para empezar.

¿Tienes un negocio local y aún no estás sacándole todo el jugo a esta red? Pues vamos tarde. Llámame, mándame un mensaje o simplemente pasa por aquí, te invito a un café mientras vemos cómo darle una vuelta a tu comunicación. Eso sí, no me vengas con “es que no controlo de redes”. Para eso ya estás tú leyéndome. La chispa la tienes. Solo hay que prenderla.

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