No estás jugando en la liga que mereces (por culpa de esto)

Estás currándotelo, lo sé. Echando horas, subiendo contenido, pensando que el próximo post va a petarlo… y nada. Cuatro me gustas, dos comentarios (de tu madre y tu primo) y silencio. Pero no es culpa tuya, no del todo. Es que estás tratando a Instagram como si fuera un tablón de anuncios. Y eso, amigo mío, no funciona.

Instagram no es una app: es un escenario

Cada vez que subes algo, estás actuando. Da igual si vendes camisetas, reformas de cocina o haces pasteles veganos en Toledo. Instagram no va de mostrar, va de seducir. Y seducir implica comprender cómo funciona la cosa por dentro.

¿Sabes qué hace que funcione? El algoritmo. Sí, ese bichejo invisible que decide si tu post lo verá alguien aparte de tu ex y ese colega del cole que ahora vende criptomonedas. Tienes que jugar con sus normas: regularidad, interacción, contenido que enganche desde el segundo uno.

Y no, no hablo de postureo barato. Hablo de usar herramientas como los Reels, los carruseles que cuenten historias, las encuestas “tontas” que disparan el alcance. Si no estás haciendo esto, estás en la banca, esperando turno mientras otros marcan goles con menos talento pero más estrategia.

Lo que publicas habla más de ti que tu currículum

Mucha gente cree que esto de las redes es tener “presencia digital”. Son los mismos que creen que poner el logo en la esquina y una frase inspiradora debajo de la foto les hará vender más. Spoiler: no.

Publicas lo que eres. Y si lo que sale es ruido, ambigüedad o copia-pega de otros perfiles más grandes, eso es lo que verá tu cliente. Por eso tienes que ir con todo: con tu voz, con tu esencia, con lo que te hace diferente aunque no sean fuegos artificiales, sino una forma honesta de comunicar. Eso impacta. Eso fideliza.

¿Quieres ver un perfil que lo ha pillado al vuelo? Dale un vistazo al blog oficial de Instagram y fíjate en los casos de éxito. Esto no es vender por vender, es saber contar quién eres, sin disfrazarte de lo que no necesitas.

Clientes de barrio, pero seguidores que compran

Aquí viene lo bueno. Tener likes está bien. Que hablen de tu cuenta, también. Pero tú lo que quieres es que te llamen, te escriban, te digan “oye, ¿cuánto cuesta eso que haces?” Ahí es donde entra el trabajo fino: conectar el contenido con tu realidad local.

Si trabajas en Madrid, ¿por qué no invitas a tomar un café a quien vea tus stories? Si vendes en Palencia, pon un toque de la tierra en lo que cuentas. Eso genera pertenencia, cercanía, confianza. Y la confianza vende más que cualquier anuncio patrocinado con filtros de más.

¿Y si no tienes ideas? No pasa nada. Escribe como hablas. Cuenta lo que te pasa montando el negocio. Ríete de tus chapuzas. Enseña lo que el resto oculta. Eso es carisma. Eso es orgánico. Eso es lo que engancha. Todo lo demás, palabrería de manual.

Esto no va de ser influencer, va de ser útil, real y recordar por qué empezaste.

¿Y ahora qué? Ponte en marcha (y que lo sepa tu vecina)

Si tienes un negocio y estás enredado en Instagram sin ver resultados, mi consejo es claro: deja de mirar estadísticas, empieza a mirar personas. ¿Qué buscan? ¿Qué sienten? ¿Qué necesitan ver hoy para confiar en ti?

¿Te cuesta pillarle el truco? Escríbeme. Vivo por aquí cerca y nos tomamos un café en condiciones mientras ponemos tu estrategia patas arriba (para bien).

Instagram no es solo fotos: es emoción, es persuasión, es narrativa. Y si no la cuentas tú, lo hará otro por ti.

¿Seguimos hablando? Estoy en el barrio, tú solo di cuándo.

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