¿Te has dado cuenta de que últimamente estamos todos enganchados a mirar cómo otros muestran su vida con filtros, música pegadiza y textos que parecen sacados de una peli de Tarantino? Sí, hablamos de eso que algunos todavía llaman “red social”, pero que más bien debería llamarse “el escaparate de los que saben lo que hacen (y los que no también)”.
Y entre todas las plataformas —ese circo lleno de likes, emojis y vídeos que se repiten más que la ensalada de pasta del domingo— hay una que manda con mano de hierro: la de la cámara cuadrada. Esa donde tus dedos se deslizan más rápido que el vecino chismoso en las cenas familiares. Esa que, si la usas bien, puede ponerte delante de cientos, miles, a veces millones. Y no, no exagero. Solo necesitas saber jugar tus cartas (y hacerlo con gracia).
¿Por qué hay perfiles que petan… y el tuyo parece una gasolinera de pueblo?
Hay una pequeña gran verdad que nadie quiere contarte, pero yo sí. Porque para eso estás aquí, para que hablemos claro. El rollito ese de subir una fotillo buena con un texto moñas ya no vale. Si tu contenido no tiene intención, emoción o un poquito de mala leche, no va a destacar ni aunque le pongas una banda sonora de Beethoven. La peña quiere cosas que conecten, que les arranquen una sonrisa, un «madre mía» o un «cómo se lo ha currado este tío».
Usar bien una red como esta implica conocer a quién hablas, comprender el algoritmo (ese bicho raro que cambia más que los precios del aceite) y, sobre todo, tener algo que decir. Porque puestos a ver más de lo mismo, la gente se queda con el que lo dice mejor. Y tú puedes ser ese, si le echas ganas y una pizquita de estrategia.
Lo que ves a continuación no es casualidad. Es puro efecto dominó bien planeado. Dale al play:
Cómo montar contenido que huela a éxito desde la distancia
Vale, tú no eres influencer de esos con 300.000 seguidores que desayunan aguacate en vasos de diseño. Lo entiendo. Tampoco hace falta. Lo que necesitas es saber qué decir, cómo decirlo, y que a quien lo lea le entren ganas de compartirlo o dejar un comentario del tipo “esto sí que sí”.
Consejo de amigo: deja de subir contenido con cara de catálogo. Meterle humanidad a tu perfil es mucho más efectivo. ¿Te equivocaste? Enseña el error. ¿Te salió bien algo? Cuéntalo, pero sin parecer un panfleto de autoayuda. Humor, honestidad y un poquito de mala baba bien puesta te van a abrir muchas puertas.
Y por si quieres empaparte de cómo funciona la cosa sin perder el tiempo con gurús de humo, puedes darte una vuelta por la web oficial de Instagram, que algo saben del tema. Papel y boli (virtual), y a tomar nota.
Haz de tu perfil una plaza llena de gente queriendo quedarse
¿Sabes qué pasa cuando alguien entra en tu perfil y no entiende nada, no siente nada y no encuentra nada? Que se va. Ya está. No le des más vueltas. Lo que no engancha, no retiene. Y si no estás en esto para servir contenido que atrape, pues mejor ponte a hacer ganchillo, que relaja más.
Diseña tu feed como quien prepara una buena charla con colegas: sabiendo qué quieres contar, cuidando el detalle, pero sin parecer un robot que se memorizó lo que dijeron en una charla de marketing. La gente quiere gente, no terminators con filtros. Eso no vende, no engancha, no convence.
Y si ya estás en esa fase de “vale, lo tengo claro, pero ¿cómo narices lo aplico?”, quizá va siendo hora de hablar tú y yo. Porque si tu negocio está en Madrid o alrededores y necesitas alguien que te dé caña (de la buena), te oriente y te ayude a sacarle chispa a cada publicación, estás más cerca de lo que crees.
¿Te apetece dejar de pasar desapercibido cada vez que subes algo? Pues rellena el formulario, llámame o mándame una paloma mensajera si hace falta. Pero no sigas estancado en ese limbo donde solo te dan likes tus amigos y tu madre. Es tu momento de ponerte serio (pero con gracia) y dejar que Instagram juegue a tu favor.
Porque si otros lo están petando, tú también puedes. Pero claro, habrá que currárselo un poco. O mucho. Eso ya depende de cuánto quieras brillar. Te espero con ganas.
