Te lo han vendido como la panacea. Como si por abrirte una cuenta y subir cuatro fotos tu negocio se fuera a llenar de clientes clavando la puerta. Y tú, con tus ganas de comerte el mundo pero sin saber muy bien por dónde empezar.
No te preocupes, esto nos ha pasado a todos. Porque esa red social —sí, esa en la que todo el mundo comparte desayunos perfectos y puestas de sol con filtros mágicos— puede parecer un patio de recreo, pero bien usada, mueve más dinero que un Black Friday en pleno agosto.
Lo que no funciona (aunque te lo vendan en cursos de 997€)
Venga, vamos directos al grano. Si estás esperando que subir fotos sin ton ni son, poner tres hashtags inventados y cruzar los dedos funcione… te vas a llevar una leche. Y de las gordas.
El algoritmo —ese ente diabólico del que todos hablan pero pocos entienden— no se enamora de tus selfies. Lo que quiere es contenido que enganche, que pare el pulgar del que está a punto de pasarte de largo. Porque si no haces que tu post destaque entre cientos de otros iguales, estás muerto (digitalmente).
¿Sabes qué sí funciona? Ser auténtico, hablar claro y dejarnos de postureos. Mostrarte tal como eres, pero sabiendo a quién hablas. Porque no es lo mismo vender bolsos artesanales que ofrecer servicios de tatuaje. Y ahí está la magia: entender a tu cliente como si le hubieras espiado el carrete de fotos del móvil.
Los secretos mal contados para que empieces a facturar desde esa app del demonio
El truco está en conocer las herramientas que ofrece la propia plataforma. Eso sí, sin volverte loco con cientos de funciones que no vas a usar en la vida. Aquí algunas que sí funcionan:
- Los Reels: cortos, potentes y dinámicos. Si no los usas, estás perdiendo atención (y ventas).
- Historias: breves, espontáneas, reales. Son el café diario con tu comunidad.
- Mensajes privados: ¿Vender en comentarios? Mejor hazlo en privado. Conversaciones que terminan en conversiones.
Y para que no me digas que todo esto es teoría barata, aquí te dejo uno de los mejores ejemplos de cómo se hace esto bien:
¿Has visto? Eso engancha. Porque comunica, conecta y no te trata como tonto. Y eso, amigo mío, es lo que convierte seguidores en clientes y likes en billetes que suenan.
Vale, pero… ¿por dónde empiezo sin liarme más que una persiana?
Uno: Define tu mensaje y tu tono. Si tienes un taller mecánico, no hables como un yogui espiritual. Si vendes cupcakes, no uses tecnicismos de organización empresarial.
Dos: Crea contenido estratégico. Eso significa que cada publicación debe tener una intención: educar, entretener, informar o vender. No siempre las cuatro a la vez, pero que ninguna sea un verso suelto.
Tres: Interactúa. Que esto es una red social, no una valla publicitaria. Responde, pregunta, participa. Aunque sea con gifs absurdos.
Y si necesitas empaparte bien del tema, ya hay muchísima información útil en la propia web oficial de Instagram, que está actualizada y no pretende colarte un curso de mil euros con descuento por pronto pago.
Cuatro: mide resultados. No eres influencer por tener likes si nadie te compra. Mira qué tipo de publicaciones traen interacción, clics en la bio o mensajes. Lo demás, ruido.
En resumen: menos postureo, más estrategia. Y sobre todo, coherencia. Porque tu presencia allí es una extensión de tu marca… y si lo haces bien, terminas vendiendo sin parecer vendedor.
¿Vives en España y quieres que te eche una mano con esto? Llámame. Mándame un mensaje. O si te va más el estilo clásico, quedamos y lo hablamos tomando un café (o una caña, que esto no entra en hacienda). Pero vamos, que si quieres dejar de perder el tiempo con publicaciones que no van a ningún lado, esta es tu invitación para hacerlo bien de una vez.
