Te están mirando… y no te das cuenta

Te crees que lo estás haciendo bien. Que publicas cosas «cuquis», que combinas los colores con gracia, que tus fotos tienen un filtro chulo y que, oye, hasta te curras los textos. Pero la verdad es que estás perdiendo el tiempo. Y el dinero, si me apuras.

Porque en Instagram no gana el que más se esfuerza. Gana el que lo entiende. El que sabe cómo funciona la movida, cómo se comporta la gente ahí dentro, qué les pincha el estómago, les remueve, les provoca una reacción en el dedo: like, seguir, compartir o comentar.

¿Y tú, de qué vas? ¿De escaparate o de bar de toda la vida?

Mira, hay dos tipos de personas en las redes (y más en Instagram): los que montan un escaparate con luces de neón y cambian el maniquí cada semana esperando que alguien se pare… y los que se sientan en la barra del bar, miran a los ojos y cuentan su historia sin filtros. ¿Quién crees que cae mejor?

Lo vintage no es un filtro, es una actitud. Lo auténtico se detecta a kilómetros. La gente no quiere otra cuenta bonita, quiere sentirse identificada, tocada, movida por algo real. Que le hables como si estuviésemos tomando un café.

Si publicas como si te estuvieras escribiendo un email a ti mismo, no esperes que nadie reaccione. Redacta como si el que está al otro lado fuera tu futuro cliente. O tu ex, si eso te motiva más.

El algoritmo no es tu enemigo, es tu test de realidad

Muchos se quejan de que Instagram “ya no muestra nada”, de que “las historias no las ve ni mi madre” y que “los reels son un circo”. Y sí, puede que tengan razón, pero sólo si no saben lo que hacen.

El algoritmo no penaliza, selecciona. El problema no es él. Eres tú. Si tienes menos alcance es porque lo que dices no interesa, no es claro, no engancha o no aporta valor. Duro, pero real.

Así que menos llorar y más espabilar. No se trata de subir más, sino de hacerlo mejor. Y para eso, primero observa lo que peta, lo que vuela, lo que engancha. Como este reel que ha dado que hablar:

¿Lo ves? Corto, directo, con ritmo, con gracia. Y sobretodo: no intenta ser perfecto, intenta conectar. Esa es la diferencia entre ser visible o invisible en las redes.

Transforma tus publicaciones en experiencia, no en propaganda

Lo que tú vendes no importa. Lo que importa es cómo ayudas, cómo inspiras, cómo haces sentir a la persona que te está viendo a las 23:46 desde su cama con el móvil caído en la cara. ¿Dices algo que pueda cambiarle el día? ¿Le haces reír? ¿Le agitas algo por dentro?

Eso es lo que funciona. Y si además sabes cómo diseñar tus publicaciones para que el visitante se quede a vivir en tu perfil, te marcas un punto extra.

Puedes echarle un vistazo a esta guía de uso de Instagram aquí, que no está de más repasarla incluso si crees que ya lo sabes todo.

Y si realmente quieres jugar bien, empieza a pensar en grande. Rodéate de los que ya lo hacen bien, aprende de los que han disparado sus cuentas con estrategia, personalidad y ritmo. Porque aquí no gana el más guapo, sino el más listo.

No te pongas excusas, ponle intención

Si tu cuenta está dormida, es porque tú también lo estás. No esperes que aparezcan los seguidores por ciencia infusa. Ni que te llamen clientes si tu perfil parece el catálogo de una ferretería de 1996.

Haz lo que otros no hacen: cuenta historias, da consejos que no se esperan, aprovecha los vídeos para enseñar algo útil, graba sin miedo, saca lo que llevas dentro sin filtros florales. Y por favor, nada de poner “feliz lunes” como si esto fuera un grupo de WhatsApp de padres.

Tus palabras pueden ser el detonante de una venta. O de indiferencia crónica. Tú eliges.

Y si estás por aquí, cerca, en la zona, y quieres que te eche una mano para poner tu Instagram a hacer lo que tiene que hacer… ya sabes dónde estoy. Escríbeme y lo activamos juntos. Que hay mucha tela que cortar y no estás para perder ni un seguidor más.

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