Abres el móvil. Scroll hacia abajo. Dedos que vuelan. Pulgar hiperventilando. Otro vídeo. Otra foto. Otro ‘me gusta’. Y ahí sigues tú, repitiendo el mismo ritual que millones de personas cada día. Pero ¿de verdad sabes lo que haces cuando entras en tu red social favorita?
Estás en un mercado de carne digital (y tú lo sabes)
Porque sí, amigo o amiga, esto no va de subir tu desayuno ni de documentar tus vacaciones de tres días en Mojácar. Lo que pasa en esa dichosa red, va más de mostrar que existes en un universo donde todos quieren brillar. Y no es casualidad. Hay un algoritmo que decide si lo que ofreces es sexi, interesante o simplemente ruido de fondo.
Y tú, en el fondo, lo sabes. Sabes que si tus publicaciones tienen poco alcance te enfadas. Que miras cuántas visualizaciones ha tenido tu reel como un obseso. Que editas las historias hasta que pareces un influencer de maquillaje con peluquero en casa.
El problema no es que uses redes sociales. El problema es cuánto poder le estás dando sin darte cuenta. El problema es que confías más en validar tu vida por una app con filtro que en lo que piensas tú de ti mismo.
Y todo esto mientras esa empresa —no vamos a decir su nombre, que tampoco queremos darle más bombo— estudia cómo mantenerte ahí pegado. Porque sí, están en esto desde hace tiempo y lo hacen de maravilla.
“¿Y si lo estoy haciendo todo mal ahí dentro?”
Buena pregunta. Quizá estés mareando la perdiz. Subiendo fotos que no interesan a nadie. O intentando aparentar que tienes una vida apasionante cuando en realidad te aburres más que un seminarista en clase de zumba.
O puede que sí tengas algo que decir, pero lo estés contando como si fueses el prospecto de una aspirina. Sin alma. Sin ese toque humano que hace que la gente pare, mire y diga: “Esto sí que mola”.
La diferencia entre destacar o naufragar en esa red es saber cómo contar las cosas. Cómo abrir la boca para que la gente escuche. Cómo romper el scroll con una frase afilada. Cómo hacer que se queden, comenten y compartan… en lugar de pasar por encima de ti como si fueses una alfombra.
Y sí, hay formas, técnicas, fórmulas, estrategias y demás mandangas. Si no sabes por dónde empezar, echa un ojo a este vídeo que ya lo está petando:
Deja de hablar como un robot y muestra lo que eres
Lo que a ti te hace distinto no es tu filtro, ni la hora en la que publicas. Es tu historia. Tu estilo. La forma en la que cuentas las cosas sin ponerte la máscara del postureo. Y eso, amigo o amiga, puede que hoy nadie te lo haya dicho, pero sí interesa. Interesa más que ese vídeo viral de gatitos bailando reguetón.
Si tienes un negocio local, si vendes productos, si ofreces servicios o simplemente quieres que te escuchen, más te vale quitarte la vergüenza digital. Porque ahí fuera todos gritan, pero muy pocos saben contar algo que importe.
No dejes que tu cuenta parezca un catálogo mal diseñado. Ponte serio (o divertida, tú mandas), y empieza a usar esa red con cabeza. Aquí te cuentan cómo hacerlo un poco mejor, aunque te aviso… sin alma no vas a llegar lejos.
¿Y ahora qué?
Ahora tú decides. Puedes seguir subiendo selfies mal iluminados y frases cursis… o puedes hacer algo distinto. Algo que te represente. Algo que diga: “Aquí estoy yo y esto es lo que tengo que decir”.
Y si tienes un negocio, estás por la zona y quieres que te echemos un cable para que esa red no te coma, ya sabes. Ponte en contacto. Charlemos sin postureo. Y hagamos que tu historia destaque entre tanto ruido digital.
Porque brillar en redes no es cuestión de suerte. Es cuestión de saber contarla.
