Estás ahí, queriendo cargar una página, mandando un formulario o intentando hacer cualquier acción típica de un martes a las diez de la mañana y de repente… Pum. Se te clava una frase insípida que no dice mucho pero lo dice todo: Error 400. ¡Ole tú! Que te lo dicen con toda la frescura y te quedas con cara de haber olvidado el DNI en casa cuando ibas al notario.
¿Qué demonios significa ese dichoso número?
Esto no es una fiesta privada para frikis de Internet (aunque lo parezca), sino un error bastante común cuando el navegador le manda algo mal al servidor. Ojo, porque no se trata de un fallo del servidor en sí -ese sigue tan pancho con su café-, sino de una metedura de pata en la petición que tú, tu ordenador o tu conexión han lanzado.
Por ejemplo, imagina que escribes una dirección URL mal, o un parámetro se cuela por donde no debe. El servidor lo recibe, lo mira, se sube las gafas hasta la frente y suelta: “¿Pero qué me estás contando?”. Y ¡zas!, te devuelve el error.
Y claro, tú solo querías entrar en tu web favorita o hacer un mísero trámite. No pedías abrir los secretos del universo, ¿no?
Las causas habituales que nadie te cuenta
Esto no va solo de “yo no he tocado nada”. Aquí hay motores, engranajes y alguna que otra trampa.
- URL mal escrita: Sí, ese golpe de teclado inocente puede ser la raíz de toda esta historia.
- Cookies corruptas: Las galletas del navegador a veces se pasan de fecha y empiezan a liarla.
- Archivos demasiado grandes: Le das al servidor más información de la que te ha pedido, y se indigesta.
- Cabeceras HTTP incorrectas: Algunos navegadores o plugins hacen peticiones enrevesadas. El servidor se raya y lanza el error.
Y podríamos seguir, pero no estamos preparando un máster. El resumen es que, aunque parezca aleatorio, si hay un error ahí es porque el servidor no ha entendido una puñetera palabra de lo que le has dicho.
¿Y ahora qué hago con este numerito?
Si has llegado hasta aquí esperando una solución mágica, siento decirte que esto no es Hogwarts. Pero hay esperanza. Aquí tienes unos consejos prácticos para volver a la senda de la navegación tranquila (y sin errores):
- Revisa la URL: Aunque suene básico, a veces todo se arregla quitando ese carácter de más o cambiando una letra.
- Borra la caché y las cookies: A veces hay que limpiar la casa para que dejen de aparecer fantasmas. Hazlo y reinicia tu navegador.
- Utiliza otro navegador: Chrome, Firefox, Safari… elige el que te dé menos guerra.
- Pide ayuda al administrador del sitio: Que para algo tiene acceso al otro lado del servidor. Una pista aquí, un código allá, y pueden deshacer el lío.
Y si lo tuyo es más de averiguar qué narices pasa entre bambalinas, en la documentación oficial del código HTTP 400 te explican el meollo técnico preparado para frikis valientes (y desarrolladores con ojeras).
Aquí tienes un vídeo que lo explica con bastante salero
Que nadie diga que no lo intentamos con todos los formatos. Mira este vídeo explicativo y si después de eso el error 400 sigue siendo un misterio para ti, te invitamos a un café… quizás.
¿Te pasa esto con tu web cada dos por tres? Hablemos.
Si te has cabreado más de una vez con ese dichoso mensaje de error, y no quieres que tus clientes lo vean jamás en la vida, quizás ha llegado el momento. ¿De qué? De dejarte de parches y ponerte en manos de alguien que haga que tu web funcione como un reloj suizo (pero sin lo caro de Suiza).
Estoy aquí, cerquita. Y no, no hace falta que contrates una agencia de Silicon Valley para tener una web profesional, rápida y sin errores. Contacta hoy conmigo, que te aseguro que hago webs que no rompen corazones ni navegadores.
