Se creen rockstars por subir una foto y un par de reels

Mira, hay algo que nadie te cuenta sobre las redes sociales. Todo el mundo está muy ocupado enseñando lo guapos que son, lo felices que viven, y lo bien que se les da eso de posar frente a la cámara. Pero cuando rascas un poco, te das cuenta de que todo ese postureo tiene menos fondo que una charca en julio.

Y no, no te voy a soltar el rollo de que las redes nos están deshumanizando. Eso lo dejo para los gurús de palo que se creen filósofos y no venden ni sus propios cursos. Lo que sí te voy a decir es que ahí fuera hay peña montándoselo muy bien, mientras tú sigues peleándote con el algoritmo como quien juega al escondite con un GPS estropeado.

El teatro diario de los filtros

Hay que tener cuajo para decir que vives «del contenido» cuando no has dado un palo al agua en tu vida. Subes una foto de tu desayuno, haces un par de stories con frases motivacionales que has copiado a otro que tampoco las entiende, y te crees que estás dejando huella. Claro, huella digital. Pero de las que borras después en modo archivo porque no tuvo likes.

El problema no es que quieras mostrar tu cara más amable, bonita o bronceada. Eso lo hace hasta el del súper cuando renueva su currículum. El lío es cuando empiezas a compararte con perfiles fabricados que ni ellos mismos reconocen. Gente que se levanta a las seis para poner que se levantan a las cinco. Gente que vive en una mentira tan bien pintada que parece verdad… hasta que apagas el móvil.

Del scroll infinito al ego hipertrofiado

El scroll es como ese vecino que te sonríe en el ascensor pero no sabe cómo te llamas. Instagram se ha convertido en un escaparate de autoengaños compartidos. Nadie dice lo que realmente piensa porque todos quieren gustar. Y eso, amigo mío, envenena más el alma que una paella recalentada al microondas.

Y mientras tanto, tú ahí, dejándote la piel para que una foto tenga más salvadas que tu cuñado en Nochebuena. Creando publicaciones que nadie ve porque el algoritmo decide que hoy no te toca. Y si te toca, ya puedes ponerte las pilas, porque mañana volverás a ser invisible.

Si quieres información más técnica sobre cómo mejorar tu presencia digital —sin necesidad de vender tu alma a los hashtags—, échale un vistazo a este recurso oficial de Instagram para negocios. Te puede aclarar algunas dudas aunque no haga milagros.

¿Vas a seguir bailándole el agua al algoritmo?

Decidir si usas esta red para mostrar tu talento o alimentar tu ego es cosa tuya. Pero si te soy sincero, la única forma de destacar no está en seguir modas; está en hacerte necesario. Porque cuando aportas valor de verdad, no necesitas filtros. La autenticidad es ese músculo que Instagram no entrena, pero cuando se nota… se nota.

Todavía hay margen para cambiar el rumbo. No tienes que ser otro robot más repitiendo tendencias como un loro con WiFi. Sé tú. Comunica como si no tuvieras miedo a parecer diferente. Porque si vas como todos, acabarás como todos. Invisible.

Y ojo, que esto no va de renegar de las redes. Va de usarlas como herramienta, no como disfraz. De dejar de mendigar likes para empezar a construir algo que sirva. Lo que quieras: marca personal, negocio, comunidad. Pero de verdad. Con alma. Con propósito. Con narices.

Y si estás hasta el gorro de ver pasar oportunidades de negocio solo porque tu perfil es una selva sin brújula, igual es hora de ponerte serio. Que tus ideas no se vendan solas no significa que no valgan. Significa que no las estás contando como debes. Y ahí, puedo ayudarte.

¿Tienes un negocio local y quieres que lo conozca hasta el del bar de la esquina? Pues contacta conmigo. Vamos a dejar de una vez ese perfil muerto y vamos a hacer que hable, que venda, y que convenza. No importa si vendes croquetas, seguros o experiencias zen para gatos: si lo cuentas bien, funciona.

¿Tiramos del hilo?

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