Llegar al final del día con las manos vacías es algo que conozco bien. Lo que no sabía entonces es que ese vacío iba a enseñarme más que cualquier máster de esos de corbata y sonrisa fácil. No vengo a vender humo. Te voy a contar cómo pasé de no tener ni un céntimo en el banco a tener más de lo que nunca imaginé. Pero ojo, sin fórmulas milagrosas ni frases motivacionales tontas escritas en una taza de desayuno.
Primer paso: dejar de pensar como pobre
Esto te va a doler un poco, y es normal. Yo también puse cara rara la primera vez que lo escuché. Porque es muy fácil decir «es que no me llega el dinero» mientras te dejas 80 euros en cosas inútiles que no te hacen millonario ni feliz. La mentalidad no paga las facturas, pero ayuda a que no te las coman vivas. Lo primero que hice fue estudiar a fondo cómo funcionan las finanzas personales, las inversiones y –muy importante– cómo piensan los que ya están donde tú quieres llegar.
No me leí 100 libros, pero los que leí los exprimí como un limón. Dejé de buscar atajos y empecé a hacerme preguntas incómodas: ¿Por qué siempre llego justo a fin de mes? ¿En qué estoy tirando el dinero? ¿Por qué creo que ser rico es algo malo? Ahí fue cuando empezaron a cambiar las cosas.
Montar algo que no huela a copia barata
Una vez cambié el chip, empecé a ver oportunidades donde antes solo veía problemas. Lo primero que monté fue un negocio que fracasó estrepitosamente. Y no me escondo. Porque pensar que vas a forrarte a la primera es como creer que te vas a poner en forma por apuntarte al gimnasio… y no ir nunca.
Lo importante es que cada error me enseñaba algo. Aprendí qué no hacer, qué no vender y qué no decir. Aprendí, sobre todo, a diferenciarme. Monté mi segundo negocio con lo aprendido y fue ahí donde la cosa empezó a sonar diferente. Nada de fórmulas repetidas ni frases de manual de ventas baratas. Lo hice a mi manera. Si te quieres copiar, hazlo. Pero luego no digas que te fue mal porque «el mercado está saturado».
Además, empecé a nutrirme de la gente que ya lo había conseguido. Hice networking, pero no de ese de tarjetas de visita y sonrisas falsas. Conecté de verdad, escuché, pregunté, y sobre todo, hice cosas. Que muchos hablan pero pocos mueven el culo.
El dinero llegó, pero no por milagro: por foco
Cuando me preguntan «¿cuál fue tu gran idea?», siempre respondo lo mismo: no fue una gran idea, fue tener foco. Mientras otros cambiaban de proyecto cada dos semanas, yo seguía picando piedra en el mío. Mejorándolo. Escuchando a mis clientes. Ajustando cada tornillo. Lo que antes era un ingreso de risa, hoy es una empresa que factura millones.
No soy más listo que tú, ni más guapo, ni tengo padrinos. Lo que tengo es obsesión por mejorar, por hacer algo bueno, por dar un servicio que no huela a lo mismo de siempre. Porque cuando haces algo de valor, el dinero es una consecuencia, no una meta.
Y sí, tengo una vida que ni me creo. Pero no me levanto a las doce, no me gasto todo en ropa cara ni me creo ningún dios del marketing. Sigo currando cada día con el mismo hambre con el que empecé. Porque cuando olvidas de dónde vienes, es muy fácil volver allí sin darte cuenta.
¿Y tú, sigues esperando el momento perfecto?
Si has leído hasta aquí, probablemente algo dentro de ti se ha movido. Esa vocecita que te dice «tú también puedes», aunque hasta ahora la hayas ignorado. No necesitas más excusas, ni más cursos de 997 euros con promesas vacías. Lo que necesitas es moverte, fallar, volver a intentarlo y hacerlo mejor.
Si estás en la cuerda floja, montando algo por tu cuenta o simplemente quieres dejar de vivir a medias, deja que te eche un cable. Estoy en España, no en una mansión en Miami. Trabajo con gente de aquí, con negocios de carne y hueso que quieren dejar de remar sin moverse del sitio. ¿Quieres que hablemos? Escríbeme, y si veo que encajamos, lo hacemos.
Pero hazlo hoy, no cuando tu jefe te vuelva a subir las pulsaciones.
