La mayoría no lo cuenta, pero Instagram se ha convertido en el escenario más acojonante del postureo digital. Fotos impecables, desayunos perfectos y gente que parece vivir en una revista. Puro teatrillo. Pero ojo, también es una máquina brutal si sabes cómo usarla sin perder el alma en el intento.
La trampa del brilli brilli
Entras a la aplicación y lo primero que te salta es una influencer enseñando abdominales a las seis de la mañana. ¿De verdad alguien tiene ganas de ducharse a esa hora? Quizás sí, pero lo más probable es que esa historia la grabaron hace tres días y ahora la han colocado con el filtro ‘me despierto perfecta’. Y tú ahí, con los pelos alborotados y el café sin hacer.
Porque ese es el rollo de esta plataforma: nadie es como parece. Utilizan filtros, luces estratégicas, frases motivacionales copiadas y mucho tiempo libre. Pero ese no es el problema. El problema es cuando tú, que tienes un negocio, piensas que necesitas hacer lo mismo para tener algo de visibilidad. Error 404. Lo que necesitas es autenticidad, y eso escasea en los pixelados mundos de Instagram.
Hazlo bien o no te molestes
Muchos negocios locales hacen publicaciones por cumplir, como ese cartel de «cerrado por vacaciones» mal pegado con celo. Postings sin gracia, fotos oscuras de una silla o promociones que huelen a desesperación. Si vas a estar en redes, hazlo bien o no lo hagas. Y hacerlo bien no es tener mil fotos bonitas, es tener una estrategia clara: saber para quién estás hablando y por qué carajo deberían escucharte.
¿Tienes una panadería? Enseña cómo crujes la masa, cómo hueles el horno por la mañana, cómo sonríe la señora que lleva viniendo 25 años. Eso sí vende. ¿Tienes una peluquería? Saca con gracia los cambios de look que haces, los errores que arreglas y las veces que un cliente llega pidiendo color rubio y se va naranja. Eso es oro, y encima real.
El bendito algoritmo y tu pereza
Instagram tiene ese algoritmo que premia lo que entretiene. Si consigues que la gente se quede unos segundos en tu publicación, ya tienes medio camino hecho. Pero si haces lo de siempre, lo de todo el mundo, pues no esperes magia. Porque esa llega con ideas frescas y con gente que se atreve a mostrar lo que otros no.
Aquí entra en juego algo de lo que pocos hablan: la constancia. Instagram no te da tregua. Publicas un día y luego te pasas una semana desaparecido, y adiós visibilidad. Así que si vas a usar esta red social, más te vale convertirla en parte de tu rutina. Como el café de las ocho. Pero sin azúcar.
¿Y si empiezas a usar Instagram como un ser humano?
La clave está en dejarse de historietas y empezar a utilizar Instagram como si hablaras con tu vecino, ese que te devuelve los tuppers. Muestra tu negocio por dentro, habla con naturalidad, comparte cosas que te harían sonreír a ti, no lo que crees que hará que te sigan cien desconocidos más que nunca comprarán nada.
Además, no te olvides de aprovechar las herramientas que ofrece. Reels, historias, mensajes directos… Hay más opciones que un menú del día. Y si no sabes por dónde empezar, aquí tienes una buena guía oficial de ayuda para aprender a moverte sin parecer un novato perdido.
Si estás aquí cerca, tenemos que hablar tú y yo
En mi pueblo se dice que para vender primero hay que saber mirar a los ojos. Pues esto es lo mismo, pero con likes y reels. Si tienes un negocio local y te has cansado de hacer publicaciones sin ton ni son, quizás ha llegado la hora de darle una vuelta a tu escaparate digital. Yo te echo un cable. Transformamos tu cuenta en algo que no parezca un catálogo aburrido y, por fin, empezamos a atraer clientes de los de verdad, de los que pagan en metálico y vuelven.
¿Tomamos un café y le damos caña a tu perfil?
