Lo que nadie te cuenta sobre la red que todos usan cada día

Estás dentro. Miras. Pasas el dedo. Click. Otro like. Otro story. Otro vídeo con música hortera. Y te repites: solo cinco minutos. Pero ya han pasado cuarenta, y sigues ahí. Bienvenido a ese universo paralelo donde todos sonríen, sudan éxito y tienen abdominales de anuncio. Ya sabes de qué hablo. Es una trampa bien montada. Un demonio brillante. Una app que, si te descuidas, te engulle el alma y el tiempo con la elegancia de un tiburón en aguas mansas.

¿De verdad crees que eso es realidad?

Anda ya. Lo sabes tú, lo sé yo y lo sabe hasta tu cuñado, ese que no sabe ni poner el WiFi. Las redes sociales están diseñadas para mostrar una vida filtrada. Todo es más bonito, más perfecto, más «wow». Claro que hay gente que lo usa bien, muy bien. Gente que saca clientes, visibilidad y pasta. Pero no son los que suben su desayuno con aguacate ni los que publican selfies en el gimnasio. No. Son los que han entendido cómo funciona la atención en internet. Los que usan contenidos con intención, mueven emociones, generan conversación.

Y para crear eso hace falta algo más que posar bien. Hace falta saber hablar, saber vender, saber provocar sin caer en el ridículo. Ahí está la clave. No se trata de tener más seguidores, se trata de tener seguidores que te compren.

Aprender a jugar con las reglas nuevas

¿Que si hay método para esto? Por supuesto. Lo que pasa es que pocos están dispuestos a aplicarlo. Porque implica trabajo. El de verdad. El que no tiene likes. El de entender cómo funciona la plataforma, qué contenidos funcionan, cuándo se publican, qué formato tiene más alcance, cómo se escribe un texto que no huela a vendedor de enciclopedias. A veces es un vídeo de 8 segundos, otras un carrusel con una historia que te deja pensando. Y no, no se trata de ser otro gurú de postal. Se trata de usar esta plataforma como lo que es: una herramienta de impacto, visibilidad y posicionamiento si sabes hacer las cosas como toca.

Ponle ganas. Y si no sabes por dónde empezar, mira esto:

¿Ves? No hace falta complicarse tanto. Solo hay que tener claro lo que quieres transmitir. Y hacerlo sin rodeos, sin paja y sin caretas. Porque si no, te conviertes en otro más del rebaño que comparte frases de autoayuda mientras su cuenta bancaria cruje.

Pero todo esto de poco sirve si no tienes un objetivo

Mucha gente empieza publicando sin saber qué quiere de verdad. Y acaban quemados. Normal. Imagina tirar piedras al mar sin saber si hay peces. ¿Qué quieres tú con tu cuenta? ¿Más visibilidad? ¿Clientes? ¿Autoridad en tu sector? Define eso antes de abrir la boca. Y después sí: dale contenido, dale fuerza, dale verdad. Y lo más importante: sé tú, con todo lo que eso implica. Porque si te disfrazas de influencer, acabas perdiendo credibilidad. Y si pierdes eso, lo pierdes todo.

¿Sabes qué atrae en redes? Lo auténtico. Lo que conecta. Lo que no parece un anuncio. Por eso los que venden no parecen que están vendiendo, y los que solo quieren seguidores terminan solos con un perfil monísimo que no da ni un euro.

Ah, y antes de que digas «yo no tengo tiempo para esto», te recuerdo que hacer scroll a lo tonto también te lleva tiempo. Solo que eso no te lo devuelve nadie.

Instagram ha cambiado la forma de comunicar y vender. El que no lo entienda, se queda fuera del juego. Así de simple.

¿Eres de los que todavía se resiste? Pues o espabilas o te comen la tostada. Porque ahora lo que importa no es estar, sino hacer ruido con sentido.

Y si eres de los que quiere que su negocio no sea invisible, y estás harto de estrategias que no funcionan, quizás ha llegado el momento de hacer las cosas de otra manera… con alguien que sabe cómo provocarlo todo ahí dentro sin parecer un vendedor del siglo pasado.

¿Quieres sacarle jugo de verdad a tu presencia online? Escríbeme, si estás en la ciudad y quieres resultados de verdad en este mundo digital tan bonito y traicionero como un ex con WhatsApp nuevo. Pero solo si vas en serio.

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